Castillo de San Felices (Rochafrida)
El entorno de Rochafrida constituye uno de los espacios de ocupación histórica más densos del Campo de Montiel. Los estudios arqueológicos han puesto de manifiesto que la zona de la laguna de San Pedro y de la ermita de San Felices estuvo habitada de forma casi ininterrumpida desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna. En el propio cerro del castillo se documenta una primera ocupación durante la Edad del Bronce, hoy sólo perceptible a través de los materiales dispersos, que fue abandonada y no volvió a reutilizarse hasta la Edad Media. En los alrededores, especialmente en torno a la actual ermita, se han identificado restos romanos, visigodos y andalusíes, a los que se suman los materiales medievales cristianos, de modo que este pequeño valle condensa una larga secuencia de continuidad y transformación del poblamiento.
Durante la época andalusí, la zona estuvo articulada en torno a pequeñas alquerías agrícolas y ganaderas y a puntos de control del territorio situados en cerros y espolones rocosos que dominan pasos de valle y caminos. En este mismo contexto se inscribe la ocupación medieval temprana del cerro de Rochafrida: los materiales cerámicos recuperados en superficie y en las excavaciones que se han llevado a cabo remiten a una presencia estable entre los siglos IX y XIII, probablemente en forma de una alquería fortificada que aprovechaba las defensas naturales del cerro y la protección adicional que proporcionaban las aguas de la laguna.
Las fuentes escritas permiten seguir mejor la historia del lugar a partir del siglo XIII. En 1216, el rey otorga a Suero Téllez la villa de Ossa de Montiel y, con ella, el castillo de San Felices, al que se le adscribe una legua de término que sería deslindada en 1254, en un famoso documento que permite conocer el entorno natural y antrópico de este espacio. Durante estas décadas la fortaleza se integra en la red de dominios nobiliarios que se superponen al territorio que la Orden de Santiago, como sucede en Alhambra con Álvaro Nuñez, va consolidando en el Campo de Montiel, de modo que no aparece en las nóminas de iglesias y lugares en disputa entre la Orden y otros poderes, aunque la documentación la utiliza como punto de referencia en las concesiones que se van haciendo a los nuevos pobladores cristianos de este territorio.
En 1259 se produce un giro decisivo: Suero Téllez permuta el castillo de San Felices y su término por la población de Dos Barrios, de manera que la fortaleza pasa a manos directas de la Orden de Santiago. A partir de entonces el enclave se convierte en una pieza importante de las posesiones de los freires en el Campo de Montiel. Su posición en la cabecera del Alto Guadiana le permite controlar el acceso oriental a las lagunas de Ruidera y uno de los pocos valles aptos para la agricultura intensiva en este sector, mientras que los pastos, las dehesas y las huertas irrigadas del valle del Alarconcillo aportan recursos fundamentales para la encomienda de Montiel y para la Mesa Maestral.
Junto a la fortaleza, la parroquia de San Felices, hoy ermita de San Pedro, desempeña un papel articulador de primer orden. El edificio actual es resultado de reformas contemporáneas, pero en su entorno inmediato se conservan sillares de arenisca reutilizados, testimonio de una fábrica anterior que remite a un edificio de cronología antigua o medieval y encaja con la cristianización a lo largo de la centuria del doscientos.
La orden, una vez que obtiene la fortaleza debió llevar a cabo la mayor parte de las obras que vemos hoy en día. Arqueológicamente se ha podido identificar una primera gran fase constructiva, asociada a la creación del recinto amurallado principal en la segunda mitad del siglo XIII, y una segunda etapa, ya en el siglo XIV, en la que se levanta el recinto norte a modo de torre del homenaje, concebida como reducto final y posible residencia del tenente de la fortaleza.
A partir de la segunda mitad del siglo XIV el protagonismo militar de San Felices parece disminuir. La fortaleza no figura en los libros de visita de la Orden relativos a Ruidera u Ossa de Montiel durante los siglos XIV y XV, lo que sugiere que su papel defensivo se vio pronto eclipsado por otros enclaves, aunque su término siguió siendo valioso como espacio de explotación agraria y ganadera. La tradición recogida por Fernando Colón, quien señala que el castillo fue derribado por orden de los Reyes Católicos, se ve reforzada por la evidencia arqueológica de una destrucción intencionada a fines del siglo XV. En las Relaciones Topográficas de finales del siglo XVI el castillo aparece ya descrito como un edificio arruinado sobre un cerrillo rodeado de agua. Desde entonces, la historia de San Felices dio paso a múltiples leyendas, como el Romance de Rochafrida.
El acceso del castillo se realiza desde la carretera AB-612, que procede de Ossa de Montiel, se toma la bifurcación hacia la AB-611, en dirección a las lagunas de Ruidera. En el punto kilométrico 6+800 parte un camino que, tras unos 800 metros, conduce a la falda del castillo. Es necesario dejar el vehículo antes de cruzar el arroyo del Alarconcillo. El acceso al castillo se realiza por una senda de alto valor natural que rodea el cerro por su lado oeste y permite alcanzar la zona más baja del recinto. La entrada es gratuita y de libre acceso.
Esta siempre abierto al visitante.
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Localización
El castillo de San Felices, conocido también como Rochafrida, se sitúa en el término municipal de Ossa de Montiel, a unos cinco kilómetros y medio al suroeste del núcleo urbano. Se levanta en el entorno inmediato de la laguna de San Pedro, en la cabecera de las lagunas de Ruidera, muy próximo a la actual ermita del mismo nombre. Se trata de un paisaje que hoy aparece intensamente antropizado por la actividad agrícola y ganadera, con choperas de repoblación y pequeñas parcelas de cultivo de secano, pero en el que aún se percibe con claridad la estrecha relación entre agua, relieve y poblamiento histórico.
La fortaleza ocupa la parte superior de un pequeño cerro amesetado que alcanza los 893 metros sobre el nivel del mar. Aunque su altura relativa es menor que la de las sierras que lo rodean, domina por completo el valle del arroyo Alarconcillo y controla visualmente la entrada natural desde Ossa de Montiel hacia las lagunas de Ruidera por el costado oriental de las mismas. La posición, por tanto, responde a una lógica geoestratégica muy clara: vigilar el paso, controlar los recursos hídricos de la cabecera del Alto Guadiana y ordenar los aprovechamientos agropecuarios de su entorno inmediato.
En época medieval el cerro quedaba casi rodeado por las aguas de la laguna de San Pedro y por las zonas encharcables asociadas al arroyo, de modo que el agua funcionaba como un auténtico foso natural alrededor del castillo. El acceso principal debía salvar el cauce del Alarconcillo por el norte y desde allí ascender en rampa hasta la puerta de la fortificación. Este encaje entre cerro, valle y lámina de agua explica que San Felices fuese, al mismo tiempo, una pequeña fortaleza y un nudo de paso en una vía histórica hoy conocida como carrera de Santiago, que enlazaba el Campo de Montiel con las tierras conquenses y con el corredor de las lagunas.
Descripción
Aunque en la actualidad el castillo está en ruinas, el entorno natural donde se asienta le sigue dotando en la actualizad de un importante atractivo arqueológico e histórico. La fortaleza se estructuraba en tres ámbitos principales, adaptados a la topografía del cerro y estrechamente vinculados al aprovechamiento del medio donde se localiza: los accesos y las áreas de aprovechamiento; el cuerpo principal de la fortaleza; y la torre del homenaje.
Elementos arquitectónicos
El primer ámbito corresponde al espacio que rodea el cerro entre el cauce del arroyo Alarconcillo y las zonas tradicionalmente inundables por la laguna de San Pedro. En época medieval este entorno funcionaba como un anillo húmedo que abrazaba la elevación rocosa, dejando sólo algunas franjas practicables para el paso. Por el norte se han identificado restos de estructuras que podrían estar relacionados con un antiguo paso sobre el arroyo o con un edificio molinar que articularía el acceso al castillo. Al pie oriental del cerro se localiza una cantera con marcas de extracción y bloques a medio tallar, vinculada a la obtención de piedra para la construcción de la fortaleza.
Un elemento muy interesante, aunque en gran parte perdido, es el camino de acceso al castillo que subía por el costado occidental, partiendo desde los pasos del molino. La obra presenta varios tramos en los que se aprecia como se ha trabajado la roca para adaptar el paso y, en otros puntos, aún son visibles los muros que servía de pretil y aterrazamiento en las zonas con mayor pendiente. El trazado presenta varias zonas de quiebros para ir solventando suavemente la subida, hasta que emboca a la rampa principal del castillo donde está totalmente trabajado.
El segundo ámbito es el gran recinto amurallado que ocupa la meseta superior del cerro, con una superficie aproximada de 3.500 metros cuadrados. Su planta, de contorno poligonal, se adapta a los afloramientos rocosos mediante continuos quiebros, de forma que la muralla describe un trazado en cremallera que permite batir los lienzos enfilados sin necesidad de levantar numerosos cubos o torres. Sólo se documenta una pequeña estructura semicircular, adosada a la muralla próxima a la puerta, que actúa más como refuerzo estructural y elemento de flanqueo, siendo muy común en estos recintos que aprovechan los afloramientos rocosos.
El acceso al recinto se realiza por el flanco occidental mediante una rampa que asciende desde el camino antiguo hasta la puerta, encajada en el recodo entre dos lienzos. La embocadura del portón, hoy en día directa pudo ser en recodo hacia el este. Conserva restos de un despiece de sillarejos calizos y el hueco longitudinal donde se encajaba la tranca que aseguraba la puerta por el interior, mientras que el remate ligeramente redondeado del muro vecino creaba un resalte defensivo sobre el paso.
Los muros de este primer recinto están construidos con una cuidada mampostería de caliza, dispuesta en hiladas bastante regulares y trabada con abundante mortero de cal, vertido también en el relleno interno a modo de hormigón. La lectura de los paramentos muestra que todo el recinto se levantó en una única gran campaña constructiva, pensada para aprovechar al máximo la roca natural como cimiento, siguiendo soluciones comunes en otras fortalezas de la Orden de Santiago.
El interior de este recinto se conserva muy colmatado. Las excavaciones realizadas permiten interpretarlo como un amplio albacar, abierto y despejado, destinado a acoger el ganado, las labores agropecuarias y eventualmente a la población del entorno en caso de peligro. Se han identificado los restos de algún edificio cimentado sobre estructuras y niveles previos de época andalusí y sobre depósitos más antiguos, lo que refleja la superposición de usos en un mismo lugar. En la zona norte del recinto, a los pies de la torre principal, se abre un gran socavón excavado en la roca que, surgido probablemente como cantera, fue reutilizado como foso inmediato de la torre y muy posiblemente como aljibe para la recogida del agua de lluvia.
homenaje. Esta obra es ligeramente posterior al resto de las murallas: apoya sobre ellas y las envuelve parcialmente, configurando un segundo recinto más espacio en el punto más elevado y escarpado de la meseta. La planta de la torre es trapezoidal, con ángulos redondeados y muros de gran espesor, dispuestos en mampostería caliza. Los huecos de mechinal conservados indican la existencia de alzados hoy perdidos, quizá uno o dos pisos adicionales que convertirían este espacio en una residencia fortificada del responsable del castillo y último refugio en caso de ataque.
En el interior de la torre y en su entorno inmediato se han documentado una pequeña cavidad excavada en la roca, a modo de covacha o sima utilizada como almacén fresco o espacio de servicio, y el arranque de un vano abierto en el roquedo oriental, interpretado como un posible portillo secundario. Gracias a las excavaciones se han podido identificar hasta tres espacios, cuyas estructuras se encontraban muy arrasadas, quizás por el proceso de colmatación final del yacimiento, aunque han arrojado una cultura material muy interesante, especialmente restos de armamento. El corredor que comunicaba este recinto superior con el resto del castillo se cerraba mediante una puerta reforzada con tranca, en codo, controlando el paso a la zona más protegida del conjunto.
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